Cuando tenía diez u once años de edad, participé en un concurso de lectura en una biblioteca de Monte Grande. El primer premio era una bicicleta, y yo la deseaba con todas mis fuerzas. Me acompañó mi mamá. Durante la jornada ofrecían infusiones y facturas -en casa no se comían mucho-. Cuando llegó mi turno de leer, me paré aireosa, pensando que me las sabía todas porque leía siempre en el colegio, desde más chica y había leído decenas de libros que mi vieja traía de la Editorial Kapelusz. Puse la espalda derecha, levanté el libro y procedí a leer uno de los cuentos de "Socorro Diez (Libro pesadillesco)", de Elsa Bornemann. El jurado me dijo que había estado bien. Volví a mi silla y al rato anunciaron al ganador. Era otra chica. No yo. Mis ojos se inundaron. La miré a mi mamá mientras el enojo me brotaba por los poros. Todos sonreían. Yo me paré brutalmente ante la mirada sorprendida de mi vieja, y me fui derecho a la salida mientras escuchaba que los que querían podían ...