Mi dueña se casó con un Rey que era viuda. Eran muy compañeros y amorosos entre ellos. Paseaban por el bosque, recogían manzanas juntos y conocían a las personas del castillo. Algunas veces, yo iba con ellos; aunque como tengo el poder de la predicción, siempre sabía el fin de los recorridos. El Rey tenía una hija llamada Blancanieves. La muy traviesa era hermosa. Mi Reina siempre lo decía. Un día, Blancanieves discutió con su padre. Se enojó con él porque no la había dejado deambular pasadas las seis de la tarde, ya que de noche eran peligrosos los alrededores del castillo. Pero la niña se escapó sin hacerle caso a su padre. Yo veía todo, porque soy mágico. Mis poderes me permitieron seguir de cerca a Blancanieves y averiguar su paradero. Luego de haber corrido como un ave libre, se detuvo frente a una casa que pertenecía a siete enanitos de nombres muy divertidos. En ese momento, creí que se pondría a jugar y reír con sus nuevos amigos, cuando...