
Cuando tenía diez u once años de edad, participé en un concurso de lectura en una biblioteca de Monte Grande. El primer premio era una bicicleta, y yo la deseaba con todas mis fuerzas. Me acompañó mi mamá. Durante la jornada ofrecían infusiones y facturas -en casa no se comían mucho-.
Cuando llegó mi turno de leer, me paré aireosa, pensando que me las sabía todas porque leía siempre en el colegio, desde más chica y había leído decenas de libros que mi vieja traía de la Editorial Kapelusz.
Puse la espalda derecha, levanté el libro y procedí a leer uno de los cuentos de "Socorro Diez (Libro pesadillesco)", de Elsa Bornemann.
El jurado me dijo que había estado bien. Volví a mi silla y al rato anunciaron al ganador. Era otra chica. No yo. Mis ojos se inundaron. La miré a mi mamá mientras el enojo me brotaba por los poros. Todos sonreían. Yo me paré brutalmente ante la mirada sorprendida de mi vieja, y me fui derecho a la salida mientras escuchaba que los que querían podían merendar facturas. Ni eso quise.
¿Cómo no había ganado? Si era la mejor. Si hacía años que leía infinidad de libros de la colección Torres de Papel. Si mi mamá y las docentes del colegio destacaban siempre mi forma de leer. ¿Qué me había faltado?
Diez años después me doy cuenta. En mi afán de demostrar que podía ser la mejor, que sentía que tenía con qué, me olvidé que lo mejor que podemos reflejar a través de algo que nos guste hacer, de una vocación, de una profesión, de un arte, es el alma. Mostrar el interior, contar a través de una buena lectura o un buen relato quién sos, de qué estás hecho, qué valores tenés, a dónde querés ir.
Ese día me enojé, pero aprendí.
Aprendí que lo más lindo de escribir, leer y contar es poner el espíritu en eso hasta tener empatía con el otro a través de un relato.
A la escritura, a la literatura, felíz #DíaMundialDelArte.
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