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Década cansada

Jésica estaba un poco cansada del humo. Los ojos le lloraban. La naríz le picaba.
La gente le pedía a gritos, en medio del ruido que los rodeaba, que por favor le diera uno. Según ella, vendió 'más o menos', desde las ocho horas que hace que está instalada allí. Vino desde Claypole. Salió a las cinco de la mañana para poder ubicarse en un lugar cómodo en la Plaza. El transporte público es su amigo hace más de nueve años y hoy no le falló, viajó con normalidad como si fuera un día más de sacrificio en la semana.
A ella no le importa el estado del clima, siempre la van a ver afuera de las canchas de fútbol, como la de Independiente en Avellaneda. Sigue a Independiente desde que tenía 12 años. Y hoy no era un día para dudar en salir a trabajar.
Encargó a un carnicero amigo ruedas y ruedas de chorizos.Indica que es infinita la cantidad, porque hoy se podía esperar cualquier cosa.
Habla de la gente. De esa que se detiene de a grupos a pedirle mercadería, ya sea las once de la mañana, las dos de la tarde o las cinco. De esa que hace 'como diez horas' que está haciendo mucho ruido y que siente que exagera, porque equivocan el motivo del festejo. Está sola, porque nadie de su familia la quiso acompañar. No acompaña la ideología, explica, pero acompaña el festejo porque admite que puede ser un buen negocio quedarse en la esquina de Perú y Avenida de Mayo. Necesita llevar 'el pan' a la casa. Tiene siete hijos, cinco son menores.
La euforia de la gente la hace estar atenta a tener que cuidar sus pertenencias, y sobre todo su mercadería, el tan tradicional sándwich de chorizo argentino: el choripán. No está muy contenta. Preferiría estar en su casa, haciendo las tareas escolares de los pequeños. Pero no puede, tiene que aprovechar el malón de gente. Cada diez minutos entrega un choripán y cobra los quince pesos que corresponden por la venta. Algunos se han quejado del precio, pero ella les responde: 'es la inflación de la señora a la que vas a ver, hermano'. Cae la tarde en Plaza de Mayo, la gente se amontona una arriba de la otra, y Jesica no entra en razón de que hace diez horas que está parada en la misma esquina, con el mismo fuego, la misma parrilla portátil improvisada, la misma ropa llena de humo. Eso sí, fue variando entre gaseosas y cervezas, para 'estar a tono' del resto de la gente, bromea. Sus manos están inutilizables, no como las de los que marchan hacia Casa Rosada, que tienen cada uno un palo de madera que comparte con otra persona compartiendo un lema político. Acá parecen que todos quieren mostrar su presencia. Reparten folletos, gritan, saltan, invitan, comen.
Ella compite con los vendedores de los clásicos pastelitos del Día de la Patria, así que sabe que por lo menos hasta que pasen tres horas y sea de noche, no va a poder vender nada. Pero eso no la entristece.
Tiene un amigo, que está más felíz que ella ubicado casi al lado y vendiendo banderas con la cara de la Presidenta. También tiene remeras que tienen pintado en celeste una frase que dice “La Cámpora”, y es la que llevan puesta la mayoría de los jóvenes de entre 20 y 30 años, que son los que más ocupan Avenida de Mayo. Están felices, y celebranla organización que el Gobierno lo tradujo en un megaevento artístico y político. Se celebra el aniversario de la Revolución de Mayo, al que asistieron más de cien mil personas para festejarlo y para disfrutar de diferentes músicos que formaban parte del entreteimiento, como Fito Páez, Silvio Rodríguez, Poncho, entre otros. A Jesica le encantó el pequeño recital que dio Silvio Rodríguez, dice que es muy de su época. La ayudó a relajarse un poco entre tanto trabajo, humo y carbón.
Cayó la noche y la iluminación fucsia de la Casa Rosada se hizo más fuerte. Hubo ovación y luego casi silencio, cuando la presidenta de los argentinos Cristina Fernández de Kirchner subió al escenario pasadas las seis de la tarde. Cristina estaba sola en el medio de la inmensidad del escenario. Saludaba a los militantes mientras estallaban fuegos
artificiales desde el techo de la Rosada, y brotaba papel picado celeste y blanco de unas máquinas en los extremos de la plataforma. Jesica escuchaba con poca atención, haciendo caras burlonas cuando la Presidenta se dirigía al pueblo gritando que “a esta década ganada”, la cual gobernó su difunto marido, el ex presidente Néstor Kirchner, y ahora ella lo sucedía, quiere “que le siga otra más”. Jesica no está de acuerdo con eso. Dice que obtuvo bastantes beneficios, y que también pudo ver cómo sus amigos que tenían trabajos humildes, pasaban a tener otros mejores. Pero expresa que no comparte la forma de ser de la Presidenta, la forma en la que se dirige a los argentinos. Dice que no le gusta que haya entregado netbooks en las escuelas públicas, porque a sus hijos no les tocó ese beneficio. Tampoco le gusta tener que trabajar ella tan duro, y que su marido no consiga un trabajo digno.
Está cansada, y se quiere ir. Pero no puede. Y lo sabe. Empeña nuevamente su tenedor y su cuchillo. Corta al medio los chorizos, todavía le quedan varias tiras. Y se pone a cocinar, porque el día fue largo, pero aún no termina.

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