Ninguna persona es quién para decidir cómo se tiene que sentir el otro.
Si estoy llorando, dejame. Estoy descargando, no me interrumpas porque sino voy a explotar cuando sea demasiado tarde.
Todo el tiempo nos sorprendemos de cómo reaccionan las personas ante alguna acción nuestra.
Cuando nos sorprendemos para mal, es porque no todos somos iguales y hay que entender que lo que haríamos nosotros por alguien, puede ser o es muy probable que ese otro alguien no sienta igual que nosotros. O porque no hicimos lo necesario para que den la vida por nosotros o porque en la vida no todo sale como queremos.
Se trata de aceptar, de superar, de aprender. Aunque cueste miles de pañuelos, cientas de charlas y millones de canciones depresivas.
¡No todo sale como queremos! Y no hay nada que podamos hacer contra eso.
No hay que buscar a otro para echarle la culpa, hay que reconocer y aceptar nuestros errores. Avanzar.
Pero a los momentos malos hay que dejarlos que pasen, no podemos hacer nada más que sonreirle a la vida, tratar de encontrar una solución y esperar a que pasen.
Miles de veces en mi vida y sobretodo en el último tiempo, me sentí sola, incomprendida.
Me hirieron tanto que pensé que no me iba a reponer.
Y acá estoy, llorando, pero descargando. No me olvido de las amigas que tengo y me apoyo en ellas.
No me gusta buscar ayuda en el otro, pero a veces es necesario.
Hay que pensar qué es lo mejor para uno, y qué podemos hacer para mejorar.
Yo pienso que si alguien me hace mal, entonces no vale la pena estar a su lado porque no es quién para arruinar mi felicidad.
Porque al final lo que importa es el amor a uno mismo. Estar bien y hacer bien.
Poder hacer cosas, por más mínimas que sean, que nos llenen el alma aunque sea por un rato.
Yo me pregunto, ¿cuando será el día que la vida me deje de dar enseñanzas de malos momentos?
Quiero paz, quiero normalidad.
Si estoy llorando, dejame. Estoy descargando, no me interrumpas porque sino voy a explotar cuando sea demasiado tarde.
Todo el tiempo nos sorprendemos de cómo reaccionan las personas ante alguna acción nuestra.
Cuando nos sorprendemos para mal, es porque no todos somos iguales y hay que entender que lo que haríamos nosotros por alguien, puede ser o es muy probable que ese otro alguien no sienta igual que nosotros. O porque no hicimos lo necesario para que den la vida por nosotros o porque en la vida no todo sale como queremos.
Se trata de aceptar, de superar, de aprender. Aunque cueste miles de pañuelos, cientas de charlas y millones de canciones depresivas.
¡No todo sale como queremos! Y no hay nada que podamos hacer contra eso.
No hay que buscar a otro para echarle la culpa, hay que reconocer y aceptar nuestros errores. Avanzar.
Pero a los momentos malos hay que dejarlos que pasen, no podemos hacer nada más que sonreirle a la vida, tratar de encontrar una solución y esperar a que pasen.
Miles de veces en mi vida y sobretodo en el último tiempo, me sentí sola, incomprendida.
Me hirieron tanto que pensé que no me iba a reponer.
Y acá estoy, llorando, pero descargando. No me olvido de las amigas que tengo y me apoyo en ellas.
No me gusta buscar ayuda en el otro, pero a veces es necesario.
Hay que pensar qué es lo mejor para uno, y qué podemos hacer para mejorar.
Yo pienso que si alguien me hace mal, entonces no vale la pena estar a su lado porque no es quién para arruinar mi felicidad.
Porque al final lo que importa es el amor a uno mismo. Estar bien y hacer bien.
Poder hacer cosas, por más mínimas que sean, que nos llenen el alma aunque sea por un rato.
Yo me pregunto, ¿cuando será el día que la vida me deje de dar enseñanzas de malos momentos?
Quiero paz, quiero normalidad.
Comentarios
Publicar un comentario