Una canción. Un tono de voz. Un sonido que inmediatamente le hace recordar a esa persona que conoció en su último viaje.
Había empezado por preparar un bolso que contuviera lo necesario como para poder estar cómoda vestida y sentirse una mujer bella durante sus días fuera de su hogar.
También metió en el bolso material de lectura para no aburrirse en caso de estar sola.
Cargó además la batería de su celular para contar con el medio que fue siempre su cable al más allá: la música.
Metió el bolso en el auto y comenzó un viaje hasta la playa, que duró seis horas.
En esas horas se preguntó qué cosas estaba dejando atrás y con qué otras se iba a encontrar.
El viaje en el auto terminó, y ya estaba ahí, tocando el arena con los dedos de sus pies, sintiendo el viento chocar brutalmente con su rostro, desarreglando cada mecha de su cabello.
No era la primera vez que sus ojos presenciaban inmensa belleza. Era el mismo mar de siempre. Pero esta vez ella era diferente.
Por dentro se sentía libre, desconectada de todo. Separada de la multitud.
Miró detenidamente la lejanía que se extendía ante sus ojos para poder guardar en su memoria cuadro por cuadro lo que veía y sentía.
Tomó un par de fotografías para que quizás alguien alguna vez las disfrutara y entendiera eso que ella sentía estando parada entre los acantilados, el agua salda y las toneladas de arena rodeando la escena.
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