Ya no sé si las horas pasan o simplemente paso las horas. La cabeza me quema pero me tomo la temperatura insoportablemente y siempre marca 37°. Cada paso que doy me pesa como si estuviera enterrada en arena, mojada, en el medio de un desierto rodeada de mierda.
Ya no sé si contar cómo me siento o simplemente sentir todo sola en este sin fin de pensamientos que van y vienen al día, los momentos, a todo eso que me pasó, que me hicieron y que me dejó peor que al Ecce Homo en su “restauración” en 2012. Me la paso comprando maquillaje que no uso y armándome sets de collares y pulseras que intenten hacer de mí algo más que un alma rota. Partida. En mil pedazos.
Voy, voy, voy y no paro, porque sé que si paro se me caen los collares, las pulseras, los aros, los anillos y todo sale a la luz. Todo eso que tengo adentro y que trato de que no me sepulte en la cama como esos meses en los que la única luz que vi fue la del baño cuando me levantaba dos veces al día. Quiero parar, pero tengo miedo. Me siento estancada pero no me detengo a pensar en eso y desvío los pensamientos a propósito.
Otra vez los pies en la arena. Creí que ya había salido, que aunque me costó sacar del pozo el pie izquierdo con el que siento que llegué a la vida y pude avanzar con el derecho, no iba a estar otra vez con el izquierdo luchando, hundiéndome en mí, en todos los recuerdos de mierda que tengo, en todo lo que me duele y me ahoga y me deja tarada detenida en el tiempo como si el mundo hubiera parado para siempre y ya nada significara nada.
Leí y escuché hace mucho a personas que luchaban con su mente, y a veces no puedo creer que todo eso que no entendía hoy me represente. Me cuido como a un perrito rescatado de la calle, al que vas con miedo y despacio para que a la primera de cambios no te muerda. Me hablo, me convenzo de que todo está bien, me recuerdo que todo tiene una salida y puede solucionarse, me repito que nunca más voy a permitir que me traten como alguna vez tanta gente del mal lo hizo. ¿Estoy segura? No, y todo eso es lo que me da miedo. Y ahora otra vez el pie izquierdo en un médano eterno.
¿Cuándo voy a poder sacarlo? ¿Hasta cuándo todo esto me va a acompañar? ¿No es más fácil hacer como si nada y seguir? ¿Y si hago eso y de todos modos estallo en 20 años? Ya está, ya estoy en este viaje y no me puedo bajar.
Creía que el amor era una cosa que hoy vagamente reconozco. Creía que cuando alguien te quería, daba todo por vos. Que si necesitaba ayuda, la iba a conseguir. Que el amor es que te defiendan, que sepan cuando necesitás ser rescatada. Pero no, terminé teniendo que darme mil antitetánicas por haberme creído todo eso.
Estoy intentando rescatarme de un médano en el que me metieron, que yo no quería, que les pedí mil veces que me ayuden a salir pero lo único que me dejaron cerca fue un par de cactus disfrazados de jazmines -ese que tanto me gusta y que ellos lo sabían-. Me agarré de los jazmines esperando lo mejor, pensando que al fin tenía una flor tan hermosa tan cerca mío. Y acá estoy, con mil heridas por todos lados, sangrando en silencio cada día, tapando todas esas rasgaduras yo misma aunque las tenga por causa de ellos.
Me prometo muchas cosas. Me prometo que voy a seguir, un paso a la vez, cueste lo que cueste, aunque llueva y la arena se ponga más densa. Me prometo no dejarme sola. Me prometo no sepultarme bajo sábanas de nuevo porque sé que no me lo merezco, no importa cuánto me lo quieran hacer creer. Porque creí en muchas cosas pero hoy sólo creo en mí. Y salgo.
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