Un papel.
Amarillento. Parecía viejo, pero no lo era.
Una hoja dividida en líneas grises que sumaban veinticuatro y se llenaban de letras sufridas.
Las rayas se acentuaban con la desprolijidad que quería expresar un manuscrito culpable.
Palabras. Una atrás de la otra.
Eran legibles, pero solo transmitían resentimiento, masoquismo, arrepentimiento.
Cuando estas palabras se leían, el tiempo se detenía. Cuando ya no quedaba ninguna por leer, el tiempo ya era tarde para reaccionar ante ellas.
Esas palabras formaban parte del pasado.
Para un tipo de persona, eran esperanza. Para el otro tipo, tristeza.
No se entendían.
Las líneas rectas, seguían siendo grises, pero ahora ya comenzaban a arrugarse.
Zigzageaban.
La hoja estaba arrugada en su totalidad.
Se mojaba con pequeñas gotas de agua. Caían lentamente en una cantidad exorbitante.
Alcohol etílico.
La hoja era fuego.
El tiempo y las llamas se llevaban la bronca del escrito.
Un papel que era cenizas, y nada más.
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